sábado, diciembre 17, 2005

El lado negro de la guerra: enfermedades, cansancio y muerte

La alegre cotidianidad de los campamentos es sólo una arista de lo que vivieron los soldados en su travesía en el Perú, ya que la otra mitad del tiempo estuvo marcada por el desgaste físico y moral de las marchas, las muertes por enfermedades, y los desastres después de las guerras.

Según la descripción del Ejército Chileno que hizo el Capitán William Dyke Acland, la mayoría de los soldados eran de constitución robusta, capaces de resistir la fatiga y la sed, y si disponían de agua suficiente podían marchar por largas distancias en caminos difíciles sin demostrar señales de cansancio(1). Sin embargo, el hecho que las tropas nacionales estuvieran capacitadas para soportar tales trabajos no quitó los abatares que tuvieron que sufrir a lo largo de las marchas por el desierto y la cordillera.

Una de las marchas más emblemáticas fue la salida de la caleta de Ite hacia Yaras en marzo de 1880, a raíz de que la mayoría de los testimonios la mencionan extensamente. Partiendo por Arturo Benavides, quien sostiene que al comenzar la marcha, los soldados tenían animo, pero después de algunas horas la sed se hizo muy intensa. Agrega que: “El sol quemaba materialmente, produciendo dolorosas escoriaciones en la piel, las filas se desordenaban y se caminaba en desorden. Para engañar la sed algunos introducían balas en la boca y otros bebían su propia orina”(2). Según Benavides, los sufrimientos de la tropa y oficiales en esa marcha fueron horribles, de hecho se aseguraba que dos soldados se habían suicidado enloquecidos por la sed.
El capellán Marchant Pereira complementa el cuadro al resaltar que daba lástima ver a los pobres soldados con los pies despedazados y envueltos en trapos, mientras otros caían aletargados. El frío nocturno penetraba hasta los huesos y la tropa tenia que andar siempre con el arma bajo el brazo, muertos de hambre y de cansancio. Según el religioso: “Jamás Chile se imaginará los inmensos sacrificios que se impusieron los soldados, no tanto por las balas, sino cuanto más por las jornadas interminables en aquellas desoladoras regiones”(3).

Por otra parte, cabe decir que las enfermedades estuvieron presentes durante toda la Guerra del Pacífico, ocasionando, según algunos testimonios, más fallecimientos que los propios enfrentamientos bélicos. Según la información recogida de los testimonios, las infecciones y epidemias eran las mayores causantes de enfermedades en las tropas e incluso en los altos mandos. Hipólito Gutiérrez es franco al señalar que durante los dos meses y medio que estuvieron en Iquique: “murieron muchos soldados del Batallón Chillan y de muchos otros cuerpos, de pestes y de fiebres y sinteria”(4).

Con el pasar de los meses, y a raíz de las carencias que comenzó a experimentar el ejército, el número de enfermos tendió a aumentar. De esta manera, Arturo Benavides señala que: “En el mes de mayo de 1882 recrudeció la epidemia de tifus que se había declarado unos meses antes (…) dos, cuatro o más morían diariamente, cayendo enfermos también varios oficiales”(5).

Otros males que aquejaban a los soldados, aunque en menor grado, eran los parásitos y la embriaguez, siendo ésta última muy mencionada por Estanislao del Canto, quien plantea que: “Explotando el vicio tan arraigado en los pueblos de la sierra del Perú, la bebida, que es también el que domina en los chilenos, se había establecido en Huancayo gran cantidad de chincheles a inmediaciones de los cuarteles (…) siendo indispensable cortar el mal, como también la salubridad de la tropa que se estaba llenando de enfermedades a causa de la bebida y muy especialmente por la clase de aguardientes que se vendían, pues eran de grano, caña y aún de madera”(6).

El escenario que sobrevenía luego de los enfrentamientos no era el más esperanzador y en los distintos testimonios se puede advertir que esta etapa dentro de la vida cotidiana, junto con las pesadas marchas, era sumamente difícil. Muchas veces en el campo de batalla se veía morir a familiares, amigos o superiores a quienes se admiraba, situación que no dejaba de impactar a los soldados, quienes, a pesar de todo, debían seguir adelante.

En este sentido, el capellán Marchant Pereira recuerda que después de la Batalla de Tacna (mayo 1880): “el campo quedó sembrado de cadáveres y heridos, como quinientos de los nuestros muertos y mil quinientos heridos, y más de mil muertos de los aliados y mayor número de heridos. Comenzaba la tarea más triste y abrumadora. Los heridos alzaban sus rifles para que fueran en su auxilio. Era preciso ir uno por uno, administrándoles la extremaunción, ungiéndolos en la frente, y tomando nota de sus encargos y últimas disposiciones. Imposible describir aquellas escenas de dolor y de resignación cristiana”(7).

(1) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima, 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986, p. 52.
(2) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P.54.
(3) Marchant Pereira, Ruperto. Crónica de un capellán de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1959, p. 40.
(4) Gutiérrez, Hipólito. Crónica de un soldado de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1956. P. 24.
(5) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones... Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P. 176.
(6) Ibid, p. 160.
(7) Marchant Pereira, Ruperto. Crónica de un capellán de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1959, p. 45.

¿Qué hacían los soldados en sus ratos libres?

Los ratos libres se desarrollaban durantes los espacios denominados “puerta franca”, siendo concedidos a los soldados y jefes por lo menos una vez al día. Estanislao Del Canto sostiene que dos veces diarias se les daba puerta franca a los soldados: a las 11:30, luego del rancho y por media hora; y a las 18:30, después de la comida(1). Este tiempo lo ocupaban para bañarse en el mar, juntarse a conversar, recorrer las ciudades y también para hacer desórdenes y embriagarse.

Hipólito Gutiérrez señala que en los casi tres meses que el Batallón Chillán permaneció en Iquique ocupaban la puerta franca bañándose en el mar tarde y mañana(2). Por las noches, durante su estadía en las salitreras (enero-febrero 1880), Benavides plantea que: “la tropa se juntaba en grupos más o menos numerosos a oír cuentos que algunos soldados relataban”(3). Pero no todo era diversión, ya que también había que aprovechar el tiempo libre en la limpieza e higiene, situación que resalta Hipólito Gutiérrez al comentar que hacia abril de 1880 en el campamento de San Antonio: “no tenídamos alivio, no más que el día domingo no hacíamos ejercicio, pero lo empleábamos en lavar ropa blanca para poderlos mudar, porque no había a quien mandar a hacerlo”(4).

La vida de guarnición, a pesar de los inconvenientes que podía tener, no era tan terrible, ya que los soldados y jefes se esforzaban por hacerla más llevadera. Compañías de circo recorrían los campamentos e incluso las tropas organizaban agrupaciones de títeres que entretenían a los batallones.

Los paseos por las ciudades y pueblos eran panorama habitual para los soldados y jefes durante las ocupaciones y así lo recuerda Benavides, quien apunta que en Lima (enero 1881) se entretenían durante las horas francas en pasear por las calles, en visitar a los amigos de otros regimientos, en cortejar a las jóvenes del vecindario del cuartel, y en ir al teatro(5).
Tanto en los momentos de distracción como en las instancias de instrucción, se produjeron incidentes, principalmente desórdenes y escapes, protagonizados por soldados y, en el menor de los casos, por oficiales. Generalmente el móvil de estos incidentes era el alcohol. Al respecto, el Capitán William Dyke Acland plantea que los chilenos: “Eran grandes bebedores y cuando encontraban algún licor abandonaban el campamento y escapaban completamente del control de sus oficiales, quienes no demostraban suficiente interés para detener los excesos”(6). De igual modo, Arturo Benavides sostiene que: “Cada vez que se daba suples al regimiento faltaban a lista muchos soldados, encontrándose generalmente ebrios”(7).

(1) Del Canto, Estanislao. Memorias militares. Centro de Estudios Bicentenario, Santiago de Chile, 2004. p. 48.
(2) Gutiérrez, Hipólito. Crónica de un soldado de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1956. P. 24.
(3) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967., p. 43.
(4) Gutiérrez, Hipólito. Op. Cit, p. 34
(5) Ibid, p. 137.
(6) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima, 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986, p. 52.
(7) Benavides Santos, Arturo. , p. 46.

La labor espiritual de los capellanes en la guerra

Al comienzo de las operaciones de guerra, la otorgación de sacramentos era los más importante y necesario, a raíz de que la mayoría de los reclutas eran de origen campesino y no habían recibido ni siquiera el bautismo. A pesar de ello, las tropas demostraron ser bastante creyentes, y debido a esto, las misas pasaron a ser parte de la cotidianidad, realizándose todos los domingos, no importando dónde estuvieran.

Durante el tiempo que las tropas estuvieron en Antofagasta, los capellanes del Ejército chileno Señor Florencio Fontecilla y Señor Ruperto Marchant Pereira dieron los sacramentos a cerca de 8.000 soldados, con acuerdo del vicario boliviano Señor Mendoza. Era tal el interés de los reclutas por ser bautizados, comenta Marchant Pereira, que una vez que se dio la orden de marchar sobre Calama, uno de los soldados, rompiendo filas, se adelantó y dijo al comandante: “Yo no voy al combate si antes no recibo el bautismo”(1). Sin embargo, antes de las batallas era cuando más solicitados se volvían los religiosos. De hecho, la noche anterior a la Batalla de Tacna fue de un trabajo enorme para el capellán Ruperto Marchant. Su carpa se convirtió en capilla, y fue de puesto en puesto en busca de los que estando de guardia no podían acudir a él(2).

Con el correr del tiempo y a lo largo de las campañas, la celebración de las misas dominicales se transformó en una tradición que los sacerdotes castrenses se esforzaron por mantener. Marchant Pereira ilustra esta realidad al sostener que hacia noviembre de 1879 todos los domingos hacía misa en la Estación de Dolores, acto que realizaba sobre una cureña arriba de una loma y al cual asistían nueve mil soldados(3).
Asimismo, la madrugada antes de la batalla de Tacna comenta que celebró la Eucaristía en un altar formado por unos sacos de frazadas, el crucifijo que siempre llevaba en su pecho, y un cuadro de la Virgen del Perpetuo Socorro. Las velas eran dos pinzotes de cera retorcidos en unos pedazos de cáñamo, y el templo, su carpa.(4).
En ciertas ocasiones, se celebraban misas en honor a los difuntos que iba dejando la guerra, realidad que recoge Benavides al plantear que: “A la semana de estar en Lima se verificó una imponentísima ceremonia religiosa para honrar a los muertos en las últimas batallas, la cual consistió en una misa en la plaza principal, a la que asistió el general Baquedano acompañado de un gran séquito civil y militar”(5).

Sin duda, los valientes religiosos que acompañaron a las tropas chilenas desempeñaron un rol destacable en la guerra. Acogieron a los soldados en sus momentos de angustia, escuchándolos y aconsejándolos cuando fue necesario. Pero su labor fue más allá de lo espiritual, ya que se integraron de tal forma en el Ejército que terminaron trabajando en las ambulancias (como fue el caso de Ruperto Marchant Pereira) e incluso, movidos por el flaguor del combarte, tomaron las armas y lucharon codo a codo con los soldados.
Breve biografía de los capellanes de la Armada

(1) Marchant Pereira, Ruperto. Crónica de un capellán de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1959, p.12.
(2) Ibid, p. 41.
(3) Ibid, p. 28.
(4) Ibid, p. 42.
(5) Ibid, p. 136.

La constante preparación militar

La instrucción militar era una de las actividades de mayor importancia en el plano de la guerra, ya que de ella dependía el buen desempeño de los reclutas al momento del enfrentamiento con el ejército enemigo.

A raíz de que gran parte de los soldados eran inexpertos en los oficios bélicos, su preparación comenzó desde el primer día de alistamiento. De esta manera, hacia 1879 en distintas localidades del país se estaban organizando los batallones y preparando a los soldados para partir a la guerra. Éste es el caso del Regimiento Lautaro, acantonado en Quillota, al que fue destinado el joven estudiante Arturo Benavides Santos, quien escribe en sus memorias: “En agosto la instrucción del regimiento era satisfactoria y hubiéramos podido marchar al frente; pero no se daba la orden”(1).

La larga inacción en que tuvo que permanecer el Ejército de Chile desde la declaración de guerra al Perú y Bolivia fue aprovechada por sus jefes militares en la organización e instrucción de sus batallones y regimientos. Luego de ser trasladadas hacia el norte, las distintas unidades militares desembarcaron en Antofagasta el 23 de mayo de 1879, en donde permanecieron cinco meses ocupándose en los ejercicios militares.

En Antofagasta, sostiene Estanislao del Canto: “se procedió con constancia a la instrucción del Batallón Naval (…) a las 6, y media salían las compañías a la instrucción, hasta las 10 y media (…) a las 12, se tocaba llamada de clases para la instrucción de guías hasta la 1 P. M. A las 2, principiaba el ejercicio por batallón y duraba hasta las 6 (…) Después de la retreta, la tropa hacía el estudio de la Ordenanza, en las obligaciones del soldado y centinela, durante media hora, retirándose después para acostarse al toque de silencio. Los S.S. oficiales, después de retirarse la tropa, se reunían en la Mayoría del cuerpo para tener una hora de academia”(2).

Sobre los pesares para realizar los ejercicios militares en Antofagasta, Hipólito Gutiérrez comenta: “Ai (…) los calores eran insufribles, que cuando salíamos a los ejercicios tarde y mañana llegábamos inconocibles de tierra y sudor y sé…”(3)

Arturo Benavides recuerda que en Pachía: “Un día por semana, por la mañana, había ejercicio por batallón, otro por regimiento y otro por brigada, y las demás mañanas y todas las tardes, por compañías”(4).

Asimismo, el Capitán William Dyke Acland recuerda que mientras estuvo en Pisco observó los ejercicios del Ejército chileno, concluyendo que la artillería entrenaba muy bien al estilo inglés. Según el capitán, casi todas las órdenes instructivas eran dadas por una corneta, de manera que se dedicaba una hora diaria a la enseñanza de los diferentes toques del instrumento(5).

Los avances logrados en la instrucción militar fueron medidos al llegar nuevamente a Lima, a finales del mes de julio de 1881, situación que Estanislao rememora, indicando que: “Al día siguiente de llegar a Lima, el jefe del Estado Mayor General, ordenó que el regimiento a mi mando, en unión del Esmeralda y una sección de ametralladoras, luciese ejercicios en el campo de Amancaes el domingo siguiente (…) Al efecto, dispuse que los martes y miércoles se ocupase la tropa, tarde y mañana, en la instrucción de compañía, que el jueves y viernes cada uno de los jefes (…) tomaran un batallón para instruirlo, y que el sábado prepararía yo el regimiento a fin de que estuviese listo para el domingo”(6).

Con esfuerzo y dedicación, los oficiales lograron transmitir los conocimientos bélicos a los miles de civiles que se enrolaron en el Ejército teniendo sólo la dispocisión de luchar por su patria, pero careciendo de cualquier preparación. Para bien del país, la constante instrucción militar que recibieron los soldados nacionales a lo largo de toda la guerra dio los frutos que hoy en día todos conocemos.

(1) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P. 22.
(2) Del Canto, Estanislao. Memorias Militares. Centro de Estudios Bicentenario, Santiago de Chile, 2004. P. 48.
(3) Gutiérrez, Hipólito. Crónica de un soldado de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1956. Pp. 21-22.
(4) Benavides Santos, Arturo. Op.cit, pp. 97-98.
(5) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima, 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986, p. 66.
(6) Ibid, p. 140.

Los baños esporádicos y el contagio de enfermedades

El aseo personal era difícil de mantenerse en las circunstancias en que vivían los soldados, especialmente cuando se encontraban marchando. En estos casos, las tropas aprovechan los escasos momentos libres que tenían durante el día para buscar arrollos en donde asearse y lavar sus pertenencias. William Dyke Acland comenta al respecto que durante la marcha hacia Cañete (diciembre 1880) se detuvieron en una hacienda que se encontraba cercana a un río en el cual la mayoría se bañó y lavó su ropa(1).
Cuando se encontraban en guarnición, la situación no era muy distinta y Arturo Benavides lo pone de manifiesto al recordar en plena campaña a las sierras peruanas que tras muchos afanes y trajines consiguió bañarse y ponerse ropa interior limpia, lo cual fue una delicia, ya que no se había desnudado ni sacado las botas desde hacia varios días(2).
Tal desaseo y falta de higiene propiciaba el contagio de parásitos, hecho que Benavides destaca al comentar que en Antofagasta (noviembre 1879): “Durante la noche mortificaba el frío y las pulgas. Era tan enorme la cantidad que había, añade, que tomando un puñado de tierra suelta se las veía moverse”(3). Asimismo, estando en el campamento de Yaras, semanas antes de la batalla de Tacna (abril 1880), plantea que: “la tropa fue invadida por legiones innúmeras de piojos, no obstante haberse organizado un servicio para lavar la ropa (…) La plaga también hizo víctimas a algunos oficiales”(4).

El capellán Marchant Pereira, por su parte, recuerda que meses antes de la plaga de piojos (febrero de 1880), en Pacocha: “con la aglomeración y lo ardiente del clima apareció una verdadera plaga de moscas, que la ambulancia extirpaba por medio de regueros de azúcar y pólvora, a modo de torpedos (…) El Estado Mayor, temiendo una epidemia, ordenó baño cotidiano para todo el Ejército”(5).
(1) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986. p. 69.
(2) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967., p. 192.
(3) Ibid, p. 37.
(4) Ibid, p. 62.
(5) Marchant Pereira, Ruperto. Crónica de un capellán de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1959. P. 33.

jueves, diciembre 15, 2005

Vestuario y equipamiento:¿Cómo lucían nuestros soldados?

En cuanto al vestuario que usaban las tropas, el Capitán William Dyke Acland sostiene que: “Los uniformes de los regimientos resultaban muy similares (algunos usaban pantalones rojos y otros gris azulado). Cada regimiento se distinguía por la inicial en la gorra y por chevrones de colores o marcos en los brazos; las bandas blancas en el brazo derecho denotaban la división a la cual pertenecía el regimiento; sobre la holandesa se encontraban gravados los números de la compañía, del batallón y del regimiento”(1). Por su parte, añade, que: “El uniforme de parada era una polaca (azul oscuro), pantalones, gorra, botas media Wellington en cuero suave de color marrón: como ropa de trabajo se usaba el traje de holandilla; para el combate se usaba una combinación de las dos anteriores de acuerdo con la orden del día. Para marchar el traje de holandilla era usado sobre el traje azul, medias de lana, camisa y tapacuellos”(2).

Como es de esperarse, la ropa fue dañándose con el correr de las campañas, lo que obligaba a los soldados a ingeniárselas para vestirse e lustrando esta realidad, hacia mayo de 1882, Arturo Benavides sostiene que: “La tropa llegó (luego de haber participado en una batida a los montoneros) con el uniforme y botas tan destrozadas que muchos tuvieron que confeccionarse ojotas”(3). Del mismo modo, agrega que en junio de 1882: “El calzado y uniforme estaban en pésimas condiciones”(4). Cuando se daban estas circunstancias, los jefes se preocupan de dar aviso para que se les abasteciera de uniformes nuevamente, y, mientras tanto, cada uno remendaba sus prendas y calzado.

Por otro lado, el equipamiento que acompañaba a los soldados cuando debían marchar o combatir es descrito por William Dyke Acland de la siguiente manera: “A su espalda el soldado llevaba en su mochila una muda completa de ropa menos las botas; cuando le tocaba hacer una marcha corta y con parada larga, llevaba un catre de campaña; a su lado izquierdo llevaba una bayoneta (los zapadores utilizaba una con sierra) y un morral con provisiones para dos días; a su lado derecho, una cantimplora conteniendo una botella para agua, plato de hojalata, taza para beber, cuchara y tenedor; alrededor del cinto llevaban una correa con 20 bolsillos, cada uno de los cuales llevaba 10 cacerinas”(5).

(1) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986. P. 56.
(2) Ibid, p. 56.
(3) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P. 176.
(4) Ibid, p. 180.
(5) Wu Brading, Cecilia. Op. cit, p. 56.

Hospitales express: atención médica en el campo de batalla

El Departamento de Ambulancia, según el Capitán William Dyke Acland (observador inglés del Ejercito chileno) se componía del jefe del cuerpo médico, Dr. R.A. Padín, quien tenía bajo sus órdenes tres ambulancias, cada una con un cirujano en jefe, un hospital volante con otro cirujano en jefe y un barco hospital, provisto de un cirujano en jefe. Cada ambulancia constaba de seis secciones: cada sección tenía un cirujano principal, cuatro cirujanos segundos, ocho practicantes y veinticuatro hombres que formaban un grupo de trabajo. Además, cada sección contaba con doce carpas sobre vagones, cada una tenía capacidad para doce hombres, la cantina médica y ciento treinta camillas. La cifra total era de 5 cirujanos jefes, 20 cirujanos primeros, 72 cirujanos segundos, 144 vestidores y 433 trabajadores (1).

Durante el combate, los practicantes trabajaban detrás de sus divisiones, vendaban y luego enviaban a los hombres a la retaguardia. Los heridos primeramente eran enviados a casas habilitadas como hospitales. Los que estaban en condición de viajar eran embarcados a Chile, y los restantes eran atendidos por los médicos. Por cierto, el capitán Dyke Acland resalta que la alimentación de los heridos y la provisión de camas y utensilios eran muy deficientes. El instrumental clínico, por su parte, parecía bien distribuido y abundante, pero, con la excepción de los cirujanos jefes, el personal médico parecía carecer de capacitación(2).

Es preciso señalar que los capellanes también participaban del servicio de ambulancias, ya que tenemos el ejemplo del sacerdote Ruperto Marchant Pereira, quien sostiene en su crónica que trabajaba con la “ambulancia Valparaíso”, mencionando que en Dolores y en Pisagua tuvo que dedicarse al cuidado de los heridos, trasladándose para asistir a los lesionados de Santa Catalina, Huáscar y Chinquiquiray(3).

Lo improvisado que era el sistema de asistencia médica queda probado al examinar cómo se formaban los hospitales y la manera en que funcionaban. Así lo corrobora Arturo Benavides, quien plantea que en plena expedición a la sierra peruana, el aumento de la epidemia de tifus obligó a los jefes a habilitar una casa como hospital en Huancayo (mayo 1882), en la cual se instalaban los enfermos en el suelo, preparándoseles camas con sus ponchos, frazadas y uniformes, a raíz de que no habían catres ni colchones(4). Estanislao del Canto, por su parte, hacia el término de la Primera Campaña a las Sierras (julio 1882) plantea que en Tarma habían establecidos tres hospitales: uno de enfermedades comunes, otro de variolosos y el tercero de tifoidea. El número de enfermos de los tres hospitales no bajaba de 480, siendo que cada cuerpo tenía sus respectivos cirujanos y practicantes(5).

Los cuidados médicos y hospitalarios, a pesar de que eran inmensamente importantes y necesarios en el diario vivir de la guerra, no fueron suministrados eficientemente, lo que se puede explicar a raíz de lo improvisado que fue su organización y que trajo como consecuencia una constante escasez de medicinas, utensilios y camas.

(1) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986. P. 61.
(2) Ibid, pp. 61-62.
(3) Marchant Pereira, Ruperto. Crónica de un capellán de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1959, p. 25.
(4) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P. 176.
(5) Del canto, Estanislao. Memorias Militares. Centro de Estudios Bicentenario, Santiago de Chile, 2004, p. 225.

jueves, diciembre 08, 2005

Organización de los campamentos: ¿Dónde dormían los soldados?

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Las tropas desde un principio fueron acostumbradas a pernoctar en lugares incómodos, situación que se veía agravada por lo agreste del paisaje nortino. En este sentido, Arturo Benavides comenta que el cuartel en donde se les alojó en Antofagasta era un gran galpón de planchas de hierro en donde pasaban mucho frío en las noches (1).
Muchas veces durante las largas marchas tuvieron que dormir a la intemperie, acomodándose como podían en la arena del desierto o en la humedad de la nieve. Así lo recuerda Hipólito Gutiérrez quien señala que después de la batalla de Tacna (mayo 1880): “los llevaron al pie del cerro alojar muy inmediato de la ciudad, qué noche tan amarga para nosotros, sin comer ni tener en que dormir (…) y tanto frío que hizo esa noche y una camanchaca llovida comenzó a caer para acabar de rematar durmiendo enterrados en la arena y la barriga pegada al espinazo”(2).

Asimismo, al término de la Primera Campaña a la Sierra peruana (julio1882), específicamente en la marcha de repliegue hacia La Oroya, Benavides indica que se amontonaron en las casitas y galpones que había, revuelta la tropa con los oficiales, para guarnecerse de la nieve que caía sin cesar(3).

Por otro lado, cada vez que el ejército tenía que alojar por más de un día en una localidad, se procedía a la instalación de los campamentos. En general se acostumbraba establecer la guarnición en las afueras de las ciudades, en los pueblitos rurales. Sin embargo, también hubo ocasiones en que la guarnición se organizó en medio de la ciudad y así lo corrobora Benavides, quien asevera que en septiembre de 1882 su división fue enviada a ocupar Pisco, instalándose en el puerto de la ciudad, cerca de las oficinas de aduana y bodegas, en donde vivía gran parte de la población(4).

Por último, la forma en que se constituían los campamentos dependía de las condiciones y del lugar en donde se encontraran, ya que en pleno cerro o desierto no se disponía de los mismos recursos a los que se podía aspirar guarneciendo en una ciudad como Lima, por ejemplo. De esta manera, Arturo Benavides señala que: “Para organizar el campamento Las Yaras se ordenó levantar grandes ramadas para cada compañía, como de cuatro metros de fondo, abiertas al frente en toda su extensión; y otras más pequeñas para los oficiales. Se aprovecharon para formarlas los árboles y arbustos del valle y el conjunto resultó pintoresco y agradable”(5).

Con todo, la estadía de los soldados en Pacocha, puerto de Moquegua, no fue muy diferente, ya que, según Benavides: “El caserío del puerto tenía una edificación insignificante, lo que hizo que el alojamiento fuera pésimo. A mi regimiento le correspondieron una serie de pequeñas y sucias casitas y algunas carpas, a uno y otro lado de una calle que quedó como patio, done formaban las compañías para pasar lista y otros actos de servicio”(6).

(1) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P. 37.
(2) Gutiérrez, Hipólito. Crónica de un soldado de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1956. P. 50.
(3) Benavides Santos, Arturo. Op. cit, p. 195
(4) Ibid, p. 210.
(5) Benavides Santos, Arturo. Op. cit, p. 60.
(6) Ibid, p. 47.

Problemas cotidianos: ¿Qué comían las tropas?

"El soldado que entra a servir a su patria no debe pensar en lo que se padece, porque aquí no hay favores. Se levanta a las cinco de la mañana, a las diez almuerzo, a las 4 se come y se acuesta a las 7 y media de la noche. Todos se hacen a estas costumbres" (1).

En la vida cotidiana de los soldados de la Guerra del Pacífico el qué comer y cómo proveerse de alimentos era una cuestión de máxima relevancia, ya que los enormes esfuerzos a que eran sometidos y las propias enfermedades que los aquejaban hacían necesaria una buena o por lo menos aceptable alimentación.

Habitualmente, según el coronel Estanislao del Canto, las tropas desayunaban un pan y una taza de café a las 6:00, y tenían rancho (almuerzo y cena) a las 11:00 y 18:00 horas (2). Este orden se mantuvo más o menos similar durante todas las campañas, siendo alterado sólo cuando el ejército se encontraba en marcha.

Asimismo, existían diversos métodos para preparar los alimentos, correspondiéndoles cocinar, en algunos casos, a los mismos soldados, quienes preferían el sistema de rancheros que era el más habitual. Al respecto, Hipólito Gutiérrez sostiene que: “Ai (en Iquique) sufrimos mucho de comidas y de sé, hasta que llegaron los rancheros que los daban la comida en Antofagasta. Entonces lo pasamos bien, bien comidos, y buen café que los daban por la mañana, y tres panes regulares que los daban al día y buena comida de carne y legumbres” (3).

Independiente de quién cocinara, el Capitán William Dyke Acland, sostiene que: “Cada regimiento contaba con calderos grandes y pequeños (…), que se llevaban a lomo de mula. Tales calderos se ponían sobre una fogata para hacer la sopa, que era la comida usual, preparada con harina de arroz guisado, camotes, verduras, frijoles y grasa” (4). Del mismo modo, señala que los alimentos más consumidos eran el charqui, los frijoles, el arroz, las galletas, las cebollas, la harina, la manteca, el ají, la sal, las papas, el azúcar, el café y la carne fresca, siendo repartidos en raciones que eran más grandes cuando se aprontaban a marchar.

Con el tiempo, sin embargo, los víveres comenzaron a escasear en las largas caminatas. Así lo recuerda Benavides, quien comenta que terminando la primera campaña a la sierra del Perú, en julio de 1882, ya no había rancho y sólo se alimentaban de carne de vacuno, ya que no contaban ni con papas, ni arroz, ni trigo que agregarle (5).

El ejército chileno ocupaba distintos procedimientos para abastecerse de los víveres necesarios. Durante las primeras campañas, lo habitual era que desde Chile o desde las zonas enemigas ya ocupadas se les enviaran provisiones. En otras ocasiones, les correspondía a los mismos soldados proporcionarse comida, quienes se juntaban en grupos de tres o cuatro, encargándose unos de buscar provisiones, otros leña y el más hábil en la cocina preparaba los alimentos.

Durante la Primera Campaña a la Sierra (1882) se hizo frecuente recurrir a la contribución de los vecinos para alimentar al ejército. En un primer momento, todo marchó con regularidad, pero al cabo de algún tiempo los contribuyentes comenzaron a eludir el pago, lo que llevó a los jefes a mandar constantemente comisiones en busca de animales vacunos y lanares, cargando la mano de la gente más pobre.

De una u otra manera y a pesar de las dificultades, el Ejército nacional y sus soldados se las arreglaron para alimentarse, logrando organizar un buen sistema de rancho y búsqueda de provisiones.
(1) Quiroz, Abraham. “Epistolario inédito de su campaña como soldado raso durante la Guerra del Pacífico: 1879-1884”, Mapocho, t. v (1), 1966. (Colección digital Biblioteca Nacional). Carta 23 de julio 1879, p. 175.
(2) Del Canto, Estanislao. Memorias Militares. Centro de Estudios Bicentenario, Santiago de Chile, 2004, p. 48.
(3) Gutiérrez, Hipólito. Crónica de un soldado de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1956. (Colección digital Biblioteca Nacional). Pp. 23-24.
(4) Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986. P. 62.
(5) Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Editorial Francisco de Aguirre, Argentina, 1967. P.195.

Los testimonios y sus autores

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Algunos de los tantos chilenos que se enfrentaron en la Guerra del 79’ escribieron sus experiencias en el campo de batalla y las plasmaron en diversas crónicas, relatos y cartas, a las cuales podemos tener acceso hoy en día en sitios como Memoria Chilena y “La Guerra del Pacífico: los héroes olvidados”. Ahí están expresados los motivos de cada uno de los actores para involucrarse en el conflicto: algunos expresan una posición emocional, otros una postura más meditada y reflexiva. Todos, sin embargo, coinciden en un genuino sentimiento de patriotismo.

Los autores de estos valiosos testimonios desempeñaron distintos roles durante el conflicto, de manera que encontramos escritos de altos funcionarios militares, como el Coronel Estanislao Del Canto, así como también de soldados rasos que apenas sabían escribir, como Hipólito Gutiérrez. Lo cierto es que cada uno de estos documentos aglutina las vivencias, los miedos, las alegrías y frustraciones de miles de soldados anónimos, cuyo gesta podemos rescatar en la voz de los pocos que dejaron registro.


A continuación se incluye una lista de testimonios, tanto digitales como escritos, acompañados de una reseña de sus autores.

1. Benavides Santos, Arturo. Seis años de vacaciones. Recuerdos de la Guerra del Pacífico Chile contra Perú y Bolivia 1879-1884. Santiago: [s.n.], 1929. (Colección digital Biblioteca Nacional).
Arturo Benavides se enroló como soldado raso en la guerra cuando tenía catorce años, ingresando al regimiento Lautaro, y a lo largo del conflicto, según cuenta, fue ascendiendo hasta llegar a subteniente. A su regreso de la guerra continuó con sus estudios de bachillerato y luego de Derecho, y en 1925 se publicó la primera edición de su obra en la que rememora su experiencia como soldado y la actuación del ejército chileno.

2. Gutiérrez, Hipólito. Crónica de un soldado de la Guerra del Pacífico. Santiago: Editorial Del Pacífico, 1956. (Colección digital Biblioteca Nacional).
Hipólito Gutiérrez, soldado raso perteneciente al Batallón Chillán, llevó una especie de diario de vida durante toda su actuación en la guerra, en el que anotaba ciertos acontecimientos y sobre todo sus experiencias dentro y fuera del combate. El manuscrito fue descubierto por el doctor Rodolfo Lenz, quien se lo traspasó a Yolando Pino S., quien lo publicó en 1956, añadiéndole notas y un análisis de su significado cultural.

3. Marchant Pereira, Ruperto. Crónica de un capellán de la Guerra del Pacífico. Editorial del Pacífico, Santiago de Chile, 1959. (Se encuentra en formato papel en la Biblioteca Nacional)
Se trata de una serie de cartas que este presbítero, desde su puesto como capellán militar en la guerra, envió entre marzo de 1879 y julio de 1880 al diario santiaguino “El Estandarte Católico”. Marchant Pereira (1946-1934) fue capellán militar en la guerra y partió entre los primeros a reunirse con las tropas chilenas que acababan de ocupar Antofagasta, colaborando enérgicamente con ellas en Pisagua, Dolores, Tarapacá, Moquegua y Tacna.
Más información sobre la nueva edición de este testimonio

4. Quiroz, Abraham. “Epistolario inédito de su campaña como soldado raso durante la Guerra del Pacífico: 1879-1884”, Mapocho, t. v (1), 1966. (Colección digital Biblioteca Nacional).
Este soldado le escribió cartas periódicamente a su padre, Luciano Quiroz, durante todo el conflicto. A través de la correspondencia le transmitía algunas de sus experiencias militares, así como también sus miedos y angustias.

5. Del Canto, Estanislao. Memorias Militares. Centro de Estudios Bicentenario, Santiago de Chile, 2004. (Se encuentra en formato papel en la Biblioteca Nacional)
Este testimonio fue publicado en 1927 por Estanislao Del Canto, quien tenía el grado de Teniente Coronel y durante gran parte de la guerra se desempeñó como el segundo jefe del Regimiento 2º de línea. Participó en las dos primeras campañas del conflicto, en los bombardeos de Antofagasta (mayo y agosto de 1879), en la Toma de Pisagua (2 de noviembre de 1879), en las batallas de Tacna y Chorrillos y en la de Miraflores. En 1881 tomó posesión de Huacho, invadió las ciudades de Ica y Chincha, y los puertos de Pisco y Tambo de Mora; y estuvo en el asalto a las tropas del gobierno provisorio del Perú.

6. Wu Brading, Cecilia. Testimonios Británicos de la ocupación chilena de Lima, 1881. Editorial Milla Batres, Lima, Perú, 1986.
Dentro de este texto se encuentra la descripción del Ejército chileno que hizo el Capitán William Dyke Acland por encargo de la Armada inglesa. Este marino inglés compartió durante un mes aproximadamente con las tropas nacionales, acompañándolas durante la campaña de Lima y presenciando las batallas de Chorrillos y Miraflores.

Venturas y desventuras de los héroes de Chile

"Enormes son los sacrificios que esto impondrá a la nación (la Guerra del Pacífico), pero cualquiera que éstos sean no tenemos otra cosa que hacer que soportarlos con buena voluntad" (1)


Toda guerra tiene una dimensión humana que va más allá de los conflictos entre los estados y pueblos involucrados y que se refleja en los testimonios de quienes fueron sus protagonistas. La Guerra del Pacífico no fue la excepción, de manera que la experiencia de los chilenos que participaron en ella, ya sea como oficiales, soldados o colaboradores, quedó grabada en distintos relatos y crónicas de gran valor histórico.

Este blog pretende reconstruir la vida cotidiana de los soldados chilenos durante la Guerra del Pacífico, sobre la base de memorias de testigos que estuvieron presentes en ella, cuyos testimonios nos permiten explicar cómo se resolvían los problemas diarios de sobrevivencia (alimentación, alojamiento, higiene, etc.), describir las actividades diarias en que ocupaban el tiempo, y, por último, narrar la parte difícil de la guerra (enfermedades, muertes y heridos). Pero lo más importante es que nos muestran cómo toda una generación de chilenos se sacrificó por una causa común, no importando si eran oficiales, soldados o capellanes.

(1) Correspondencia de José Francisco Vergara, ayudante del ministro de Guerra Rafael Sotomayor, a su hijo Salvador, interno en un colegio de Ginebra, Suiza. Carta 21 de abril, 1879, pp. 19-20. (Colección digital Biblioteca Nacional).

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